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domingo, 14 de septiembre de 2014

HISTORIA DEL ALIANZA: RECORDANDO A SEPULVEDA

LE DECÍAN EL CEREBRAL


Por Prof Manuel de Jesús Cañadas, para el periódico MAS



 Siempre sentí gran admiración por el Chele Ricardo Sepúlveda, un amigo y hermano que el fútbol y la vida me regalaron. Y no solo como futbolista, sino como persona; porque vivió la vida a su manera y porque quizá el mayor sentido que tiene la vida sea vivirla intensamente. Uno no sabe lo que va a ocurrir mañana y a menudo vemos pasar el tiempo y hacemos planes que no llegan a cumplirse, porque la vida es un misterio y un milagro en sí misma. Y también es impredecible. 


Por eso cuanta vez me he visto en atolladeros he pensado: ¿qué habría hecho el Chele en este caso? En su época gloriosa, el comentarista Raúl Pato Alfaro, tan parco para elogiar, le llamó el Cerebral. Y lo fue siempre, como futbolista, técnico y comentarista. Todo en él, sus convicciones, sus actitudes, provocaba reflexiones en sus amigos que invariablemente desembocaban en una sonrisa y nadie que no hubiera visto la dignidad con que enfrentó las graves enfermedades que lo acicatearon, podrá negar que aquella actitud era genuina. 


Vino para el Alianza en 1965, el Colo Colo de su Chile natal, lo prestó por medio año a instancias de su maestro y segundo padre Hernán Carrasco.“¡Y todavía me faltan dos meses!”, solía sentenciar con sorna, luego de casi cinco décadas de vivir entre nosotros y un hogar con Estelita Flores,con quien procreó cuatro hijos varones: Ricardo, Tito, Carlos y Jorge. Si bien en su debut ante el Quequeisque anotó, no convenció a los entendidos, pero poco a poco fue evidenciando lo mejor de su genio, dejando de lado el estereotipo del futbolista rudo, fogoso, vehemente, poniendo en su lugar al ser pensante en el fragor del combate, inmutable, del ojo clínico, que vislumbra espacios acaso inexistentes y contribuyó a erigir aquel Alianza como el mejor equipo que los salvadoreños alguna vez hayamos tenido. Después de él han venido más futbolistas, quizás demasiados, pero ninguno ha alcanzado sus niveles de admiración y reverencia.

Es que su fútbol era el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza, de la destreza sobre la torpeza, de la iniciativa sobre la apatía. Para quienes no lo vieron jugar, su memoria es el Alianza y los que tuvimos ese privilegio e incluso jugar a su lado siempre nos provocó asombro. Pero el éxito no estriba exclusivamente en ser bueno en una sola cosa, sino en saber extraer lo mejor de varias. Entonces Ricardo fue bueno para el baloncesto, el tenis de mesa, el boxeo, el boliche, el billar, los juegos de azar, la bebida, el baile e incluso se sabía guapo y querido, con una actitud relajada, segura y hasta indolente, la misma con la que se paró frente a la pelota aquel 16 de enero de 1966 ante Gilmar, arquero del Santos de Pelé y de la selección brasileña y en el minuto 87 anotó el penal, que daba la victoria a los albos sobre el mejor equipo del mundo, mientras el país entero se relamía del gusto y celebraba eufórico. 


Luego ganó dos títulos con el Atlético Marte donde siguió maravillando. Con su retiro se graduó como técnico y se hizo comentarista, certero en sus apreciaciones, siempre con esa actitud amistosa como rasgo predominante. de un temperamento que caló hondo en el sentimiento de quienes entendemos que desde que existe la amistad, ha habido personas como él, que lucharon y hasta se sacrificaron para cimentarla.


Hará unos años tuvo un cáncer de piel y logró superarlo, pero con el correr del tiempo evidenció cambios extraños en su conducta. El Alzhéimer, enfermedad cruel y despiadada, lo tomó por asalto y Ricardo ya no fue el mismo. Sus funciones cerebrales se fueron apagando poco a poco y sus familiares se enfrentaron a una nueva y cruda realidad: cuidar con esmero al ser más querido y ver cómo cada día se iba deteriorando. 


El 31 de julio del año pasado fue recluido en la sala de neurología del hospital Rosales, donde solícitos médicos y enfermeras pusieron todo de su parte con lo poco o nada de que se dispone en nuestras instituciones de beneficiencia pública, entre pacientes que llevan semanas y hasta meses esperando una operación urgente y deben hacer una interminable fila para ser intervenidos, si no es que mueren en la vigilia. En esa sala, mi querido hermano del alma, pasó sus ultimos meses, lleno de tubos y abastecedores de oxígeno, librando su postrer batalla. 


A finales del año pasado los médicos entregaron su cuerpo casi inerte y Ricardo inconciente fue cuidado con un amor a toda prueba por Estelita su esposa y sus queridos retoños a la espera del desenlace. El pasado 3 de febrero en horas de la madrugada el Chele Sepúlveda dejó de existir para enlutar a nuestro fútbol. 

Pero su recuerdo vive entre nosotros, es como una presencia viva porque sigue siendo uno de los ases adorados por la afición nacional. La piedra angular sobre la que su paisano y maestro Hernán Carrasco erigió la maravillosa Orquesta Alba.

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